domingo, 2 de mayo de 2021

Los Pérez, los Gómez y Mandela.

No sé cuántas veces he visto la película Invictus, en la cual Mandela intenta reconciliar a su pueblo utilizando como instrumento la celebración en Sudáfrica de la Copa Mundial de Rugby. Es una film que logra conmoverme emocionalmente, no tanto por lo que fue Mandela (que también) si no por lo que no soy yo. Cuando acaba la película, uno reflexiona sobre la necesidad que tenemos de gente con una generosidad humana de tal calibre. Pero me equivoco en dicha reflexión, Porque las hay. Se apellidan Pérez, Gómez o Agirre. Pero las hay. Son personas que están ahí, en nuestro entorno muchas veces, o que se cruzan en nuestras vidas de forma casual, circunstancial, fortuita o accidental. O por cuestiones del destino, si así lo prefieren. Son es@s que comprenden y aprenden, que perciben y sufren, que suspiran y siguen. Es@s que desde la condescendencia y la indulgencia han hecho que durante un minuto o unas horas nuestra existencia sea un poco mas soportable sin buscar más recompensa que la de ver un rostro un poco más sosegado. Son aquell@s que demuestran con hechos todo de lo que nosotr@s presumimos de boca.

Y nosotr@s, que destilamos arrogancia y altanería hasta por los costados, pensamos que estamos a la altura de las circunstancias. Incluso nuestra impertinencia y nuestro engreimiento hace que les hablemos a veces hasta de tú a tú. Nosotr@s que, hasta cuando le damos una limosna a un desamparado, no lo hacemos por aliviar las necesidades del mendigo, si no por aplacar o enmascarar nuestra incompetencia como seres humanos. Ell@s que nos observan desde el desconsuelo unas veces y desde la serenidad otras, no tienen que hacer ningún esfuerzo por demostrar nada, porque simplemente son así.

Y ahí siguen, trazando su camino, mejorando su tarea, esquivando los oscuros relatos de nuestra mediocridad y vulgaridad existencial. Replegándose por agotamiento y para no tropezar así con nuestro insistente cretinismo. Mientras, nosotr@s persistimos y nos obstinamos en cambiar la conducta social, colectiva o global, cuando a nivel individual somos un verdadero estercolero emocional. Incluso, cuando se nos presenta la oportunidad, tenemos la insolente osadía de autodefinirnos como humildes, altruistas, sencill@s. Qué horror. Patxi Sagarna.



 





domingo, 17 de enero de 2021

Cuando me atemorizaba la muerte de mis ídolos


 

Nunca olvidaré una fría noche de noviembre de 1991 en la que escuché que Freddie Mercury había muerto. Había llegado a casa de madrugada y, mientras bajaba el efecto de las sustancias, me puse la radio para ver si de esa manera lograba despistar el insomnio. De repente, la inesperada noticia: Freddie había sido derrotado por el SIDA. En ese momento sentí una angustia inusual. Había visto fotos de él en alguna revista de la época con un aspecto en el cual se podía apreciar que la enfermedad lo había devastado, pero aun así me negaba a reconocer que el trágico final estaba cerca. Evidentemente no conocía a Freddie de nada, pero yo, como todo el mundo, necesitaba creer en mitos y tener ídolos inmortales. No era consciente de que me estaba enfrentando  a mis propios demonios, a mis propios miedos. De alguna manera necesitaba creer en la "inmortalidad", aunque fuera a través de otros. Necesitaba convencerme de que la naturaleza hacía excepciones, de que Freddie podría ser una de ellas. No era consciente de que el bueno de Freddie solo era un parapeto en el cual me atrincheraba con un sinfín de pensamientos, reflexiones existenciales y razonamientos absurdos. Pero la realidad era otra. Freddie, aparte de sus grandísimas dotes vocales y musicales, me ayudaba a tapar mi propio estercolero, mi hastío, mi desgana, mi aburrimiento, mi fracaso y, sobre todo, mis complejos. Necesitaba de Freddies  a todas horas capaces de tapar mis miedos y mi inmadurez. Necesitaba ídolos con capacidad de llenar y entretener mi cerebro con algún tipo de contenido. Necesitaba vivir mi vida a través de otros. Necesitaba personajes que dieran algún sentido "glamouroso", de elegancia, de utilidad y fascinación a mi vida. En definitiva, necesitaba tapar mi deshabitada subsistencia. Muchas veces, me sentía ridículo llevando mis sentimientos y mis emociones mas allá de lo justamente humano. Necesitaba soñar, querer, amar, sentir. Pero necesitaba hacerlo de verdad, no a través de mitos, fábulas, con altas dosis folklóriko-fantásticas. Necesitaba ser yo sin intermediarios en los que esconderme. Hace muchos años que enterré a mis ídolos (si es que alguna vez los tuve realmente). Pero aquella falta de identidad, aquellas cadencias interiores y, sobre todo, aquella incapacidad por ser uno mismo, había que rellenarla con algo- ¡Demonios! Al fin y al cabo, algunos de mis ídolos políticos aún viven, pero ideológicamente se han suicidado hace tiempo. Patxi Sagarna.

PD: Si observáis el contenido de las frases que los seguidores dedican habitualmente a sus distinguidos personajes fallecidos, generalmente están hechas de una jerga muy cercana a lo celestial, a lo religioso. Todos nos olvidamos del ansiado infierno al que queremos o queríamos ir estando en vida. Pero ésa es otra historia, ésos son otros miedos.









lunes, 28 de diciembre de 2020

Terminar el año estornudando y a hostias

Cojo el autobús de las seis de la tarde que va a Donostia. Enfrente de mí, sentados, van una chica y un chico y, a mi derecha, un señor de unos sesenta y cinco años. Después de una rápida inspección ocular a los calcetines de los pasajeros me pongo el mp3 para amenizar un poco el trayecto. Tengo una obsesión enfermiza por esta prenda que cubre los pies. Poseo varias tesis, teorías y estudios, los cuales ayudan a adivinar o intuir la personalidad del individuo, el estado emocional, el tipo de trastorno o desequilibrio, frecuencia de la higiene etc. Y, todo eso, con un pequeño examen de la calceta. Estoy tan avanzado en el asunto que por el olor a pies de una persona puedo adivinar el tipo de calcetines que usa.

En el autobús va demasiada gente y para colmo se me ha colado un hilo de la mascarilla por la nariz y me han entrado ganas de estornudar. Hace no mucho no hubiera tenido la menor importancia, pero uno piensa que, tal y como están las cosas, ahora con tanto energúmeno, hipocondriaco, aprensivo y maniático obsesivo, estornudar en estas circunstancia puede costarte la vida o una manta de ostias o la cárcel. Seguro que no faltaría algún juez que te acusara de atentado contra la salud pública, con premeditación y alevosía folklorico-viral-homicida. Un estornudo se ha convertido en una acción terrorista. Estornudar o tener un simple catarro es el equivalente a llevar un cinturón de explosivos pegado a la cintura. Durante un momento he logrado despistar la acción con un leve movimiento de la mascarilla pero el amago de estornudo amenaza otra vez y ahora lo hace con mas fuerza. Estoy aterrorizado, muevo la mascarilla, abro la boca, mandibuleo, bostezo, me estiro de las orejas, respiro hondo, me doy pequeños golpes en la nariz, agacho la cabeza... pero nada. La cosa se pone fea, tan fea que recurro a una canción de Alex Ubago que, por lo general, suele tener un fuerte poder anestesiante y narcótico. Pero ni por esas. Totalmente desesperado decido cambiar de estrategia, me doy golpes en la nuca con la parte trasera del asiento, incluso llamo a un amigo por teléfono para ver si, de esta manera, hablando, mientras me doy pequeños coscorrones, el temporal amaina. Pero no hay forma. Miro en Google las diferentes formas de evitar un estornudo, la mayoría no están a mi alcance, y otras como mirar a la luz o morderse la lengua no me producen el mas mínimo alivio. Estoy totalmente agotado de tanto hacer el imbécil, de movimientos y muecas estúpidas, por lo que decido dejarme llevar por mis necesidades naturales y estornudar con la mascarilla puesta. Es una auténtica guarrada, pero son males menores. Me consuelo pensando en aquel colega mío que el día de su boda, mientras daba el si-quiero, le vino un estornudo, y como la noche anterior había empinado el codo mas de lo debido, con el esfuerzo, se cagó encima. Además, también cabe la posibilidad de que la gente se apiade de mí y la cosa no pase de un simple rapapolvo y unas cuantas miradas de enfado. Llega el autobús a la siguiente parada y, por algún motivo que desconozco, se queda prácticamente vacío. Estoy totalmente solo en la parte de atrás, tengo la sensación de estar en el paraíso. Dé repente, escucho el estornudo de una señora que va en la parte delantera, seguidamente estornudo yo, nos miramos, sonreímos y por fin llega el autobús a Donosti. Patxi Sagarna 







sábado, 5 de septiembre de 2020

LA MUERTE EN UN BOCADILLO DE TORTILLA DE PATATAS

En un completo ataque de "nostalgia informativa" decido acercarme hasta el quiosco y comprarme el periódico. Al llegar a casa, y mientras frío unas patatas para hacerme una tortilla, le echo una ojeada de forma afanosa. No hay nada interesante, así que echo un vistazo a la programación televisiva para ver si en la Sexta echan alguno de esos films de tiburones que vuelan, que tienen ocho cabezas y que se peinan a ralla. Como me he saltado la mitad de las páginas, vuelvo a echar otro vistazo; esta vez al revés: desde el final para atrás. Al llegar a las esquelas me llevo un terrible sobresalto: veo la foto de un conocido al que hacía años que no veía. Como es habitual en estos casos, durante unos segundos pongo cara de compungido (es un simple gesto mecánico sin apenas carga emotiva real), después doy paso inmediatamente a la curiosidad, las suposiciones, a las causas del deceso, que es lo que al fin y al cabo me va a consolar o me va a terminar de acojonar. Parece ser que un accidente ha sido la causa del infortunio. Por lo que me entero, iba conduciendo como un temerario y de forma imprudente. No es que me alegre, pero mis temores se sosiegan lo suficiente como para tranquilizarme y, sobre todo, para seguir justificándome, una vez más, ciertos hábitos, vicios y consumos. Al fin y al cabo, la mente de cada uno es el arma perfecta para excusar todo tipo de desbarajustes propios y, a veces, también ajenos. Hay más de veinte esquelas en su memoria y, teniendo en cuenta que el tipo no me caía nada bien, la mayoría de ellas me resulta un poco ofensivas y molestas para mi ego. 

Me llega el wasap de un amigo: es uno de esos tantos vídeos jocosos sobre el virus,. No dura más de treinta segundos, pero es tiempo más que suficiente como para que me olvide de la"tragedia" anterior. Termino la tortilla de patatas, pruebo un trocito para saber si está todo lo jugosa que a mí me gusta y el resto lo pongo en un bocadillo para almorzar al día siguiente. De repente, me doy cuenta de que he envuelto el bocadillo con las páginas de las esquelas del finado. Me entra cierto remordimiento y sentimiento de inquietud. Mientras, observo que la cara del difunto se desfigura y sufre una especie de metamorfosis debido a los flujos amarillentos de la tortilla de patatas, que se esparcen lentamente sobre el papel. "Imagínate" -me digo para mis adentros- "que tus necrológicas terminaran sirviendo de envoltorio a una bacanal de fritanga o, lo que puede ser peor, que agonicen en los wc de cualquier tugurio mugriento, infecto, en forma de papel de baño, y que mi cara vaya a finiquitar sus últimas horas  estampada en algún culo congestionado por densas defecaciones". Desde entonces, es como si me persiguiera algún tipo de maldición. Cada vez que casco un huevo me sale el rostro del difunto: deforme, con mirada perturbadora, sonrisa esquizofrénica, ojos amoratados y con un disco de George Dann entre las manos. Patxi Sagarna.




     

   



domingo, 30 de agosto de 2020

El doctor Smith, la doctora Johnson, Manolo y Cristina.

Escucho a un montón de pedantes y resabid@s tertulian@s decir eso de que España se tiene que reinventar en lo que a turismo se refiere. Evidentemente, est@s lumbreras televisivos no dicen cómo, claro, no tienen ninguna fórmula que no sea la de hablar y hablar para rellenar tiempo y programa. Pero en opinión de algun@s  de estos parásitos no es bueno que se tenga tanta dependencia económica de los guiris. Y los muy desvergonzados lo dicen ahora después de llevar años aguantando desmanes, temeridad, balconing y otras salvajadas  por parte de ese turismo barato y de borrachera  que ve en  España un paraíso para practicar la indisciplina y el caos. ¿Os imagináis a un español borracho saltando encima de un coche o haciendo balconing en un hotel de Niza, Alemania, París o Bélgica?. La primera manada de hostias le vendría por parte del director o la directora del hotel y los emplead@s, a la que se sumaría seguramente algún respetable cliente. Acto seguido, la policía le abriría el atestado correspondiente y después de pasar la noche en el calabozo  lo mandarían para España, calentito con una multa de quince o veinte mil euros. Pero en España no. En España un guiri vale su peso en oro pero no solo en cuestiones turísticas, sino también culturales. Un grupo de música extranjero en horas bajas puede seguir haciendo su agosto en España tranquilamente, al igual que actores agonizantes y otros ineptos  miembros de la farándula. En España un Smith o un Johnson aún causan furor y respeto. Para ellos, España es el vecino  tonto  donde se sienten cómodos porque todavía se les hace la pelota. Un país de palurdos e incultos en donde sólo se habla de fútbol, de la mili, de Belén Esteban y poco más. Un amigo mío me decía que, cada vez que hay una cumbre europea o similar, sufre viéndole al presidente español de turno limando sus complejos,  intentándose abrir un hueco entre sus vanidosos y presuntuosos homólogos. Con el dichoso virus pasará otro tanto de lo mismo. España no es un país fiable en ningún ámbito, en semejante vertedero no se está seguro ni con virus ni sin él. Así que, al final, no  quedará más remedio  que pedir auxilio y ponerse en manos de algún Smith o  Johnson, éso si no acabamos antes a hostias los pro-mascarillas y los que piensan que todo ésto es un cuento y no chino precisamente. Aunque el doctor Manolo o la doctora Cristina Pérez Núñez sean una eminencia en lo suyo, jamás podrán competir con las conclusiones que saquen el doctor Smith o la doctora  Johnson. Da igual quien gobierne, no es una cuestión de izquierdas o derechas. El sentimiento de inferioridad es algo que  está enquistado ya en el propio ADN del ciudadano español. Y a éso ha contribuido toda la clase política española, ¡toda!, que ha hecho pasar una y mil veces vergüenza ajena a sus resignad@s ciudadan@s. Por éso en este país hay tantos cargos estériles, improductivos, tanto tertuliano, tant@ expert@ en todo, para dotarle a la nación  de un ficticio aire de "seriedad" y  "eficacia"  frente a los ojos de los vecinos extranjeros  y que al final no son más que escalofriantes despilfarros de dinero público.

Un ejemplo de cómo funcionan las cosas aquí lo tenemos con la inminente vuelta a las aulas. España parece que, de acuerdo con las comunidades autónomas, ha resuelto que en los centros escolares  habrá un cargo al que se le denominará  Coordinador-a del centro COVID, que aparte de ganar un sueldo de mil pares de narices no sé qué funciones podrá  tener más allá de poner el termómetro en la frente a los cri@s. Pero en este país de acomplejados somos expertos en crear "cargos relevantes" que no valen absolutamente para nada (como coordinador, asesor, directores, gerentes y demás madrigueras de vividores). Cargos que después ocupan un montón de enchufados, inútiles, ignorantes, incompetentes y que, como decía antes, nos cuestan un ojo de la cara. Ahora sólo nos falta cambiarnos los apellidos por el de  Smith o  Johnson. Patxi Sagarna 








lunes, 27 de julio de 2020

EL COVID 19 JUBILA A LAS ESTRELLAS DEL ROCK

El otro día  escuchaba  que  era mas que probable que los grandes acontecimientos rokeros podrían no ver la luz hasta el 2022 . Parece ser que  el 2021, tal y como están las cosas , se antojaba precipitado (para algunos organizadores y empresarios del sector)  poner en marcha todas las infraestructuras necesarias para la realización de estos grandes eventos .
 Joe Elliot , cantante de Def Leppard , tampoco se atrevía a ponerle una posible fecha a su vuelta a los escenarios . Otras bandas han retrasado la salida de sus nuevos trabajos hasta el 2022 .
Entonces  me puse a pensar que , por edad , para muchas bandas míticas el 2022 puede significar casi el fin . Por ejemplo: Mick Jagger y Richard se situarían ya en los 78 años . Su baterista Charlie Watts en los 81.  A Paul McCartney le caerían los 80 encima . Steven Tyler de Aerosmith (los cuales estaban anunciando su retirada de los escenarios) cumpliría los 74 , los mismos que Klaus Meine de Scorpions .Estos últimos fueron los que  engañaron a sus fans  no hace muchos  años  vendiéndoles  el cuento de que esa era su gira de despedida , y de esta forma duplicar el precio de las entradas , para después comunicar a sus estafados seguidores que  se lo habían pensado mejor y que de retirarse nada de nada . Tampoco el tiempo corre a favor del "rubiales" y tacaño  Rod Stewart , que  después de superar no hace mucho un cáncer de próstata , también le caerían 77 primaveras . Patti Smith celebraría su 75 cumpleaños , dos mas le caerían a su colega de Blondie Debbie Harry . Lita Ford , que se situaría en los 63 , todavía podría aguantar el tipo , como algunas otras bandas de los 80 . No lo pasaran nada bien aquellos a los que el " glamour " rokero  se les había subido a la cabeza y ahora se ven cerca de la cola del paro firmando algún que otro autógrafo . En definitiva , parece ser que la "cuarentena" para algunos se antoja un poco larga .Yo mientras me comeré un bocadillo de lentejas con gominolas y acelgas turkas con salsa de mejillones rebañados con callos. Patxi Sagarna.




domingo, 24 de mayo de 2020

MELODÍAS MUDAS

La luna apreció con el rostro sofocado .
El mar se abrigaba para la ultima tempestad .
La desconfianza por fin se estableció en su memoria .
La distancia buscó amparo en el infinito .
Jamas volví a pasear por aquella travesía .
Mis oídos se olvidaron de los ladridos de la madrugada . 
Me he retirado a mi Reino , donde las melodías se han quedado mudas .
Donde la vida renacerá con otro significado .
No se puede ser cautivo del desprecio .
No se puede ser recluso del ultraje .
Pero ahora estoy lejos ,tan lejos , que no puedo recordar nada .
Patxi Sagarna